Rosario López: “La hostelería es un mundo en el que tienes que tener conocimiento de muchas cosas”

Cuando Rosa López se quedaba al cargo de sus hermanos mientras su padre trabajaba en la mina y su madre con el ganado y la huerta, era tan pequeña que le tenían que dejar un banquito para que alcanzara a remover la comida. En aquellos tiempos, no hace tanto, era habitual que las hermanas mayores criaran a sus hermanos pequeños. O que a los nueve años ya estuviera trabajando en un restaurante ayudando en la cocina. No lo recuerda con tristeza ni melancolía. Al contrario, disfrutaba aprendiendo y ayudando, sorprendiendo a los adultos con su maña para asar la carne, limpiar las truchas o hacer flanes.

“Tenemos que dejar a los niños que aprendan cosas porque te da el valor de tirar para adelante, de no temer hacerlo mal sino de saber que se puede repetir y hacerlo mejor”, nos explica Rosa, nacida en Las Mestas (Cangas del Narcea). Su vida es el ejemplo del autoaprendizaje continuo, de no temer a emprender nuevos proyectos incluso cuando el entorno te desincentivan, como cuando el alcalde de Canero le dijo que empezara a tomar valium si pensaba realmente poner en marcha su hotel.

Hace 17 años Rosa y su marido compraron la antigua casa de postas de Canero, situado junto a la preciosa playa de la Cueva, un lugar al que durante décadas llegaba la mercancía por mar, donde se realizaba compra-venta de ganado, hospedaje, intercambio de paquetería…. Un enclave colindante con Lucrar que sigue siendo estratégico para el peregrinaje al encontrarse en el camino de Santiago o para los pescaderos de salmones y trucha que observan desde su comedor el río Esva.  Sin embargo, los inicios -como casi todos- no fueron fáciles. Su privilegiada situación geográfica provoca que esté bajo la supervisión de las administraciones encargadas de costas e industria a nivel nacional y autonómico. Eso obstaculizaba el acceso a permisos imprescindibles para mejorar unas instalaciones obsoletas. Con un presupuesto reducido al tratarse de una iniciativa de una familia de clase media, todo el peso recaía en la calidad del servicio, el cuidado a los detalles y trabajar de lunes a domingo, 24 horas abierto.

“Hoy puedo presumir de que hemos conseguido crear este hotel-restaurante, pero ha sido con pequeñas cosas: si tenemos cariño, afán de querer hacer las cosas bien y de crear bien alrededor nuestro, no se necesita más”, sostiene Rosa. Pero lo cierto es que a veces, aunque pronto recuperara la ilusión, se ha planteado tirar la toalla. “Pero luego veía todo lo que había avanzado y me decía ‘¿cómo voy a parar ahora?’. Y hasta hoy”.

Pero para llegar aquí Rosa tuvo un gran entrenamiento previo. Junto a su marido transformaron la tienda que tenía su familia política en Pola de Allande en un bar-tienda y almacén de pienso en el que lo mismo daban de comer a los trabajadores que llegaban a la zona, que vendían un delantal que abonos, que organizaban pequeñas fiestas vecinales. Poco después se dio cuenta de que muchas mujeres de los alrededores no podían ir a comprar porque no tenían carnet, así que se compró una furgoneta y empezó a repartir la mercancía que le pedían de una semana a otra por las aldeas y pueblos aledaños. Ahí se dio cuenta de que muchas de esas familias tenían productos que no podían comercializar porque no tenían acceso a los canales de distribución. Así que empezó a comprarles las patatas, las castañas, los huevos y con esos ingresos podían adquirir otros productos que necesitaban. “Un día llevaba un bizcocho, ellos ponían un licor, y no veas la fiesta que montábamos en un momento”. La experiencia le dice a Rosa que el medio rural tiene un potencial que está por explorar. “Los fines de semana volvían los hijos que estaban estudiando en la universidad a recoger las castañas con sus padres y así se daban cuenta de los esfuerzos que estaban haciendo éstos para que ellos pudieran formarse”. De hecho Rosa ha implicado a sus hijos en sus empresas, “para que supieran lo que cuestan las cosas”.

El olor de un delicioso guiso de marisco llega al comedor. Los trabajadores que están acabando la autovía a Galicia se sientan a la mesa y comen un menú asequible y variado. En la terraza los peregrinos recobran el aliento. Los turistas se deleitan con una carne asada. “Me acuerdo de que cuando empezamos una noche tuve que traer calderos de agua del río y calentarlos para que la gente tuviera con qué bañarse. Mientras el electricista buscaba dónde estaba la caja de luces. Ya no es lo que hemos conseguido en sí, sino la satisfacción personal de haberme metido en un proyecto tan difícil y haberlo sacado adelante”. Ahora, el aroma dominante es al postre estrella de la casa, el pudin de pan.

Rosa dejó de estudiar a los 13 años, pero siguió tomando clases de mecanografía, de contabilidad. Ahora controla las reservas electrónicas con su tableta. “La hostelería es un mundo en el que tienes que tener pocos conocimiento de muchas cosas porque cuando necesitas arreglar algo no puedes permitirte contratar a alguien porque los precios son impagables”.

Por la marcada estacionalidad estival del turismo en Asturias, Rosa ha aplicado la diversificación para asegurar la viabilidad económica. Para ello, organiza cenas-baile los sábados por la noche y  fiestas de bailes tradicionales. Los huéspedes, y sobre todo, los niños, pueden alimentar a las gallinas y ovejas que crían, así como aprender de apicultura con colmenas y comprar su deliciosa miel. También han montado una cafetería en el polígono industrial de Luarca y, junto a su hijo, la tienda de productos de apicultura La Abeya Reina.

Rosa no es ajena al machismo que impera en nuestra sociedad. “Un hombre, con la mitad de sacrificio se luce más. Para que se reconozca la labor de una mujer, tiene que demostrar su valía diez veces más”. De hecho, las Asociaciones Federadas de Autónomos (AFAS) reconoció en 2013 su dilatada, variada y exitosos trayectoria profesional.