“Soy ganadera por vocación, no por obligación”

El paisaje se hormigoniza. Puestos a elegir entre la naturaleza y y el arte, y no digamos la industria, me quedo con la naturaleza. Si me dejan. Es que los españoles tienen una gran fe en el ladrillo. El progreso como mal necesario, que decía Unamuno. 

El club de los faltos de cariño, Manuel Leguineche

Texto, vídeo y fotografías: Patricia Simón @patriciasimon (Riaño, Cantabria)

Edición vídeo: Manuel García Postigo 

Quienes dividen el trabajo entre intelectual y físico está claro que no han visto de cerca todo lo que tienen que hacer las manos que nos dan de comer. Es difícil seguirle el ritmo a Áurea Quintial: despertar a su pequeño, llevarle a la parada del bus escolar a unos cuantos cientos de metros del hogar, sacar las vacas al prado, limpiar la cuadra, hacer las gestiones burocráticas que ahogan -cada vez más- a los ganaderos, recoger los huevos, atender al camión cisterna que recoge la leche, ir a buscar al peque que ya viene de vuelta del cole, darle de merendar, llamar a las vacas al grito de “¡chicas!”, lavarles las ubres, ordeñar las treinta vacas, dar de comer a los carneros….  “Soy ganadera por vocación. Lo digo siempre porque hay veces que se cree que es por obligación”. Viendo a Áurea hablarle, acariciar a sus animales (vacas, pero también perros, gatos, loros, un caballo, un conejo…) es evidente que está exactamente donde quiere estar. “Cuando era pequeña se oía ‘el que no vale para estudiar, que se quede con las vacas’. Hoy día es al revés: o tienes la cabeza a cien, entiendes de todo, eres psicóloga, veterinaria y pitonisa si puedes también, o es imposible, porque hay tal rollo de trabas burocráticas, papeleo, que muchas veces lleva más tiempo que cuidar del ganado”.

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Áurea siempre quiso ser ganadera, pero ante la oposición de su entorno -sabeedores de los aprietos económicos que hoy supone- probó suerte en muchos otros trabajos. Cuando sus padres se jubilaron y ante la perspectiva del cierre de la explotación, decidió calzarse definitivamente las botas de agua y cumplir su sueño. “Que una persona joven, una chica y en la generación en la que todo el mundo se iba a la construcción, se quedara en el campo como ganadera fue algo que mis padres no aceptaron y creo que siguen sin hacerlo”.

Sólo 20.000 explotaciones ganaderas han conseguido sobrevivir de las 100.000 que había en España hace 20 años. Pese a que el país consume unos 9 millones de toneladas de leche, la cuota de producción autorizada por la Unión Europea hasta hace unos meses era de 6,5 millones. Por ello, España tiene que importar la diferencia restante de países como Bélgica, Francia o Italia, en forma además de productos lácteos elaborados que son los que tienen un valor añadido. Con la supresión de las cuotas, países europeos como Holanda se preparan para aumentar sus producciones e inundar así mercados como el español.

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“Esto que ha salido estos días en las noticias de que la industria pactaba los precios es algo que sé de toda la vida. Digo yo que no será casualidad que todas las empresas paguen lo mismo”. Tras años de denuncias, la Comisión Nacional de la Competencia ha reconocido que la industria láctea -compuesta por una decena de empresas en España- ha estado pactando en su mayoría, los precios a los que pagan la leche. La multa, irrisoria en comparación con el perjuicio ocasionado a los productores: 88,25 millones de euros. La paradoja: los ganaderos temen que ser ellos los que terminen pagando la derrama con nuevas bajadas del precio.

Un litro de leche entera cuesta de media 0,68€ en los supermercados, según un estudio de FACUA. Las variaciones entre una marca y otra pueden variar más de un 70% sin que haya una relación directa entre precio y calidad según la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU). La industria está pagando a los productores unos 31 céntimos, pero en regiones como la gallega -la mayor productora y laboratorio de experimentación para la bajada de precios- se ha llegado a pagar a 28 céntimos el litro a principios de 2015. Hace 25 años, cuando miles de ganaderos se pusieron en huelga ante la bajada de los precios, se pagaba a 37 céntimos. Un kilo de pienso cuesta unos 40 céntimos. Una vaca puede comer 25 kilos de pienso al día para alcanzar su producción máxima. Si el coste de la vida, de la electricidad, del pienso, de los fertilizantes ha aumentado un 65%, es evidente que las cuentas no salgan. Por eso, una media de cuatro explotaciones cierran al día en España, según la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos. 

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“Tienes que vender un mes entero de leche, lo cobras al cabo de otro mes a un precio que nunca sabes cuánto es porque te traen un contrato pero no hay posibilidad de negociación, lo bajan cuando quieren. Mi contrato parte de 290 euros por mil litros. En mi caso, tenemos una prima por ser ecológica, pero te aplican unas primas por calidades y eso siempre es a retraer”. El precio de la leche también depende del porcentaje proteico y graso detectado cuando es recogida por el camión cisterna. Un maremágnum de factores que, en la práctica, haga prácticamente imposible al ganadero calcular con cuántos ingresos contará al mes siguiente.

Captura de pantalla 2015-05-05 a la(s) 18.17.12Áurea es una excepción, por muchas razones. En un entorno donde la mayoría de los ganaderos explotan vacas de la raza fresona -importada de Holanda a mediados del siglo XIX atraídos por su índice de alta producción–, Áurea sigue trabajando con la autóctona, la pasiega, de la que sólo quedan unas 300 cabezas en Cantabria. Lo hace siguiendo métodos ecológicos, gracias a lo que recibe una prima de 100 euros la tonelada, un céntimo más por litro de leche. Mantiene un rebaño pequeño en un negocio que se ha orientado de tal manera que sólo las grandes explotaciones resultan rentables. Por el contrario, esta pequeña escala le ha permitido salvarse del endeudamiento en el que se han visto obligados a embarcarse muchos de sus compañeros para sufragar los costes de maquinarias de ordeño, tractores, carros mezcladores… Además, de nuevo, el hipotecamiento que supuso para muchos productores comprar cuotas de leche a otros ganaderos que no cubrían las suyas y que ahora han perdido todo su valor tras su supresión por parte de la UE. Hay ganaderos que invirtieron en éstas decenas de millones de pesetas (en la ganadería se sigue hablando en pesetas) y que ahora seguirán teniendo que pagar los créditos que pidieron para adquirirlas.

 

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El negocio de la leche es un ejemplo paradigmático de cómo las leyes del libre mercado se aplican para los poderosos cuando se trata de beneficios y para los débiles del escalafón en el caso de las pérdidas. Con un agravante: desde hace años, la industria láctea y las grandes superficies cuentan con las pérdidas de los ganaderos como garantía de su lucro. Los supermercados siguen utilizando la leche como producto de reclamo, vendiéndola por debajo del precio de coste. La industria, imponiendo sus precios incluso a través de contratos en los que no aparece recogido la cuantía que se va a pagar. Si se niegan a firmarlos, simplemente no les recogen la leche. No hay negociación, diálogo, margen de maniobra posible. De hecho, como explica Áurea, las empresas lácteas no compiten por los productores, no les gustan los díscolos, los que reivindican mejores condiciones.

Las ayudas PAC (Política Agraria Común) de la Unión Europea –tan controvertidas por otra parte por la competencia desleal que suponen para los productores de los países empobrecidos–, aunque sigue reduciéndose, es la tabla de salvación para su cuenta de debe y haberes. Para una explotación media en España, de más de cien reses y medio millón de toneladas de leche de producción, el subsidio rondaría los 14.000 euros. “La gente cree que estamos llenos de subvenciones pero son unas ayudas que llegan de un año para otro. No puedes contar con ellas. Antes una familia podía vivir con diez o doce vacas. Ahora estamos en un mundo cargado de recibos, y una familia o tiene más de 50 vacas o es imposible pagar todas las exigencias que hay hoy día”. De nuevo, Áurea es una excepción porque sólo tiene unas 30 cabezas, que al criarlas por métodos ecológicos, tienen una producción muy variable según la estación: 12 toneladas los mejores meses y unas 5 toneladas en primavera, cuando tiene lugar la mayoría de los partos.

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Áurea rompe con otras de las estadísticas. Según datos de la EPA de 2014, las mujeres representan un 23,3% en el sector de la agricultura, ganadería, silvicultura y pesca. En la práctica, la mayoría de las mujeres del medio rural aunque no aparezcan como titulares de las explotaciones agrarias -sólo el 28,8% lo son, pese a que en 2011 se aprobó la ley de la titularidad compartida de las mismas-, son sustentadoras fundamentales de las empresas familiares agrarias, aunque de forma no remunerada ni reconocida socialmente. El 82% de ellas trabajaban en las explotaciones agrarias, pero el 59% no pagaba ninguna cotización social por el desempeño de una actividad económica según datos del 2002. Con la crisis, muchos núcleos familiares que habían dado el paso de cotizar varios adultos, han tenido que reducirla a uno de ellos, normalmente de nuevo los hombres, titulares de la explotación.

Áurea, sin embargo, es la titular, la cabeza de familia con dos hijos a su cargo, además de su madre. “Hay veces que te planteas si te merece la pena. Se trata más de convicción que de rentabilidad”, dice riendo. También se equivocan los que reducen la rentabilidad a su vertiente económica. Rodeada de prados y montes, siendo ella la que se marca los horarios y las necesidades, Áurea se enorgullece de haber alcanzado otras rentabilidades: las de poder criar y disfrutar de sus hijos cuando están en casa, la de conservar un modo de vida y una raza de ganado en peligro de extinción, la de dedicar sus horas y días a lo que le hace feliz frente a una industria, unas políticas y unos hábitos de consumo que asumen que su forma de estar en el mundo está condenada a desaparecer.

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