Ser emprendedora del medio rural en la Universidad

Las mujeres que ahora rondamos la treintena crecimos asimilando por los medios de comunicación que en las series de televisión como Padre de Familia las personas de los pueblos éramos las chachas -lo de trabajadoras domésticas llegó después, aunque la precariedad y el ninguneo sigan siendo el mismo-; que los No madrileños podíamos aspirar a ser los becarios, como en Periodistas, y que había que irse a las ciudades, borrar la vergüenza de nuestros acentos y licenciarnos en alguna carrera universitaria para SER lo que merece la pena ser, lo admirable, lo valioso, lo enriquecedor para la sociedad. Rondaba la década de los 90 y la vida en los pueblos aparecía retratado en los informativos como la nota de color, lo costumbrista, los restos de una época pasada que sobrevivía como si de las reservas indias en los Estados Unidos se tratase. Pese a ello, la mayoría de la ciudadanía del Estado español seguía viviendo en pueblos, yendo a las escuelas en los pueblos, trabajando en los pueblos, ganándose la vida en los pueblos. Los que vivíamos en zonas turísticas veíamos llegar a “los madrileños” en verano, reconociéndoles al instante –también nosotros cargados de prejuicios– por su agresiva conducción. Los comercios, los restaurantes, todo el pueblo se acicalaba para servirles con la mejor de sus caras mientras escuchábamos cómo envidiaban nuestros paisajes pero se preguntaban sin pudor a ser escuchados cómo podíamos vivir allí, sin cines, sin teatros, sin museos, sin todo eso que se supone que hace que la vida MEREZCA ser vivida, como si todo el mundo en las ciudades estuviera todo el día en el cine, en...